Madurar, que palabra tan profunda.
Queridos lectores: después de unas cuantas semanas de inactividad en el blog por razones muy diversas, aquí estoy otra vez.
Y regreso con un tema del que me apetece muchísimo hablar, porque en las últimas semanas he aprendido mucho a cerca de él.
Todos y cada uno de nosotros, cuando llegamos a cierta edad nos creemos las personas más maduras del mundo entero. Nos encanta presumir de lo adultos que somos y de la madurez con la que nos enfrentamos a los momentos duros que nos plantea la vida. ¿Pero sabéis que? Ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos tan maduros como pensamos.
Está muy bien hablar y fantasear sobre como nos reaccionaríamos según que cosa nos ocurriese en la vida. Pero os aseguro, que hasta que no llega el momento dado, ninguno de nosotros sabe como reaccionar. Y cuando llega, lo hacemos lo mejor que podemos o que nuestra moral, que probablemente en ese momento esta por el suelo, nos permite.
Porque uno no se levanta un día y dice "bueno, pues como ya he cumplido X años, soy súper maduro". Siento deciros que la vida no funciona así. Y no es que yo sea aquí la voz de la experiencia, porque si hay algo que no quiero ser en esta vida es la marisabidilla que se cree que lo sabe todo. Pero cuando te ocurren cosas en la vida, como a cualquier otra persona le ocurren, por supuesto, te das cuenta de que la vida no es de color de rosa y que se aprende, y sobre todo se madura, a base de hostias. Porque si, hay veces que la vida te da golpes que no te los ves ni venir, sin ni siquiera prepararte para ellos, simplemente llegan y te dejan con la moral por el suelo y sin saber ni como reaccionar.
Y ahí es cuando madura y creces, cuando te das cuenta que las cosas hay que cogerlas conforme vienen, no conforme te gustaría que viniesen. Porque si algo caracteriza a esta vida es eso, lo imprevisible que es.
Eso no quiere decir que la vida deje de ser bonita, ni mucho menos. Al revés. Nos hace ver lo bonita que es la normalidad, el día a día, un café en una terracita o un paseo por la playa. Porque la felicidad no es estar siempre dando saltos de alegría. La felicidad es saber disfrutar cada momento bonito que la vida nos brinda, y enfrentarse a los momentos malos lo mejor que podamos o sepamos hacer, sin juzgar nunca como lo hacen los demás. Porque el miedo aparece muchísimas veces, pero al miedo no hay otra que cogerlo de la mano y continuar viviendo.
Porque, ¿como sabríamos apreciar los días de sol sin alguna que otra tormenta?
Gracias por leerme. Siempre.
Ainoa.
Y regreso con un tema del que me apetece muchísimo hablar, porque en las últimas semanas he aprendido mucho a cerca de él.
Todos y cada uno de nosotros, cuando llegamos a cierta edad nos creemos las personas más maduras del mundo entero. Nos encanta presumir de lo adultos que somos y de la madurez con la que nos enfrentamos a los momentos duros que nos plantea la vida. ¿Pero sabéis que? Ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos tan maduros como pensamos.
Está muy bien hablar y fantasear sobre como nos reaccionaríamos según que cosa nos ocurriese en la vida. Pero os aseguro, que hasta que no llega el momento dado, ninguno de nosotros sabe como reaccionar. Y cuando llega, lo hacemos lo mejor que podemos o que nuestra moral, que probablemente en ese momento esta por el suelo, nos permite.
Porque uno no se levanta un día y dice "bueno, pues como ya he cumplido X años, soy súper maduro". Siento deciros que la vida no funciona así. Y no es que yo sea aquí la voz de la experiencia, porque si hay algo que no quiero ser en esta vida es la marisabidilla que se cree que lo sabe todo. Pero cuando te ocurren cosas en la vida, como a cualquier otra persona le ocurren, por supuesto, te das cuenta de que la vida no es de color de rosa y que se aprende, y sobre todo se madura, a base de hostias. Porque si, hay veces que la vida te da golpes que no te los ves ni venir, sin ni siquiera prepararte para ellos, simplemente llegan y te dejan con la moral por el suelo y sin saber ni como reaccionar.
Y ahí es cuando madura y creces, cuando te das cuenta que las cosas hay que cogerlas conforme vienen, no conforme te gustaría que viniesen. Porque si algo caracteriza a esta vida es eso, lo imprevisible que es.
Eso no quiere decir que la vida deje de ser bonita, ni mucho menos. Al revés. Nos hace ver lo bonita que es la normalidad, el día a día, un café en una terracita o un paseo por la playa. Porque la felicidad no es estar siempre dando saltos de alegría. La felicidad es saber disfrutar cada momento bonito que la vida nos brinda, y enfrentarse a los momentos malos lo mejor que podamos o sepamos hacer, sin juzgar nunca como lo hacen los demás. Porque el miedo aparece muchísimas veces, pero al miedo no hay otra que cogerlo de la mano y continuar viviendo.
Porque, ¿como sabríamos apreciar los días de sol sin alguna que otra tormenta?
Gracias por leerme. Siempre.
Ainoa.

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